jueves, 14 de agosto de 2014

Los ingredientes de nuestro idioma

El español es una lengua romance, nombre de tan cruel resonancia con que se designa a las lenguas que surgieron del latín. Puede decirse que cada una de estas lenguas romances, o neolatinas, corresponden a distintos estados actuales del latín: el rumano, el ladino, el italiano, el sardo, el francés, el provenzal, el catalán, el gallego, el portugués y el castellano.

El castellano, es decir el idioma particular de la región de Castilla, ha venido a ser considerado sencillamente como la lengua española, dado que junto con tener una literatura de mayor importancia y haber absorbido en sí al leonés y al navarro-aragonés, sucede que además trasladada a América se ha convertido en la lengua de muchos países, de hecho, en la lengua romance que hablan mayor número de personas en el mundo.

Por otro lado, deberíamos considerar que los vascos, catalanes y gallegos, pueden con todo derecho sentirse menoscabados de que se hable del castellano como la lengua española sin más, puesto que ellos también son españoles. Pero también sería excesiva y poco correspondida delicadeza ocuparnos de las sensibilidades españolas.

Mucho más importante es tener en claro que el fondo del cual surge el idioma español no es el latín culto, sino el latín vulgar, en el que el pueblo romano hablaba a su vecino, y del cual no hay casi registros escritos. Aunque el latín vulgar es tan antiguo, y más, que el latín literario o clásico, y aunque siempre convivió con él, su estudio se basa mayormente en suposiciones, pues como señala el maestro Menéndez Pidal: "el cantero más rudo, al grabar un letrero, se proponía hacerlo en latín clásico". Lo poco que fehacientemente sabemos del latín vulgar corresponde a escritos de personas que por falta de cultura, dejaban escapar algunas de sus formas. Algunos textos literarios, sobre todo al hacer hablar a los personajes populares, recogieron algo del latín vulgar, muy eminentemente el célebre SATYRICON de Petronio.

Otras las conocemos por las reprehensiones de los gramáticos y profesores, que para corregir algunas formas vulgares, afortunadamente las citaban textualmente. El famoso APPENDIX PROBI, Índice de Probo (PDF), fechado aproximadamente en el siglo III d.c., por ejemplo, es un verdadero tesoro para los estudiosos, pues está íntegramente dedicado a condenar formas del latín vulgar: ‘speculum’dice, no ‘speclum’, masculus non masclus, etc. Otras formas del latín vulgar son deducidas de las formas que adoptan las palabras en los distintos idiomas romances. Estas formas meramente deducidas o hipotéticas, en los diccionarios y estudios suelen marcarse con un asterisco, por ej: ‘*acutiare’, que se deduce del castellano ‘aguzar’, el portugués ‘aguçar’, el provenzal ‘agusar’, etc. No hay ningún registro escrito de tal palabra, pero su existencia se deduce por su progenie.

Por cierto cada región del imperio romano tenía sus particularidades, las cuales eran en cierto modo limitadas por la férrea administración del mismo y sus excelentes comunicaciones. Pero cuando el imperio empezó a desarmarse, y la comunicación entre sus distintas partes a hacerse más escasa, o inexistente, las diferencias regionales fueron aumentando cada vez más, de modo que el latín vulgar hablado en España comenzó a ser muy distinto del hablado en Francia o en Italia. Para cuando aparecen los primeros registros escritos de las lenguas romances, hacia el siglo IX y X d.c., ya se trata propiamente de idiomas distintos.

Aunque sea su fuente principal, no todo el idioma español proviene del latín vulgar. Una proporción muy importante proviene del latín clásico o escrito. Muchas voces y formas del latín clásico pasaron por cierto al latín vulgar, y de éste a las lenguas romances. Y luego de constituidas éstas, nunca dejó de estudiarse a los clásicos, y el latín escrito siguió siendo la lengua culta incluso hasta bien entrado el siglo XX, momento en que se empezó a incentivar la flojera en los niños, y se les dejó de enseñar latín. En los siglos XV y XVI, sobre todo, hubo una verdadera emigración masiva de términos del latín culto. En ese tiempo, por ejemplo, una palabra tan corriente hoy en día como ‘joven’, fue un refinado cultismo, que incluso llamaba a burla por pituco.

Fuera del latín, el español ha incorporado muchos otros elementos. De hecho, antes que surgiera el idioma español, fue el latín quien se apropió elementos españoles. Palabras como ‘lanza’ y ‘gordo’ por ej., son hispanas. Salvo el idioma vasco, un heroico ejemplo de supervivencia lingüística, las demás lenguas ibéricas sucumbieron ante el imperio del latín, de modo que conocemos muy poco de ellas. Palabras como ‘vega’, ‘izquierdo’, ‘pizarra’, ‘cerro’, son términos que proceden de las lenguas de los primitivos habitantes de la península ibérica, y aunque no constituyan el grueso de nuestro idioma, es indudable que le dan cierto carácter y sonido que reconocemos como propio del español.
Otra parte importante del idioma español proviene del griego y del árabe. El griego ya era parte significativa del latín, además de la importante presencia de colonias griegas en distintos lugares del mediterráneo, y de la influencia imponderable de la cultura griega en todas las épocas. Y los árabes, con su dominio no sólo guerrero, sino también exquisitamente cultural, de 800 años sobre la rudimentaria España, dejaron nuestro idioma lleno de las huellas de su paso: ‘rebato’, ‘alcalde’, ‘quilate’, ‘azotea’, ‘acelga’, ‘noria’, etc., etc., etc. Su influencia llegó también a modificar la pronunciación del español, por ejemplo las palabras ‘jabón’ y ‘jugo’ vienen del latín ‘sapone’ y ‘sucu’, la ‘s’ se convirtió en ‘j’ por influencia de la pronunciación árabe. En portugués, en cambio, se dice ‘sabonete’ y ‘suco’. Una de las más bellas partes de nuestro idioma la debemos a los árabes.
Más tarde, cuando el español estaba ya plenamente formado, el francés y el italiano, lenguas que alcanzaron un esplendor literario anterior al español, lo enriquecieron también con muchos usos. Y otro gran salto en la historia del idioma español ocurrió con la conquista de América, en que multitud de términos americanos fueron incorporados. Es curioso que uno de los pueblos más influyentes lo fuera en cierto modo por casualidad: los arahuacos, pueblos no tan importantes políticamente como los aztecas o incas, pero que fueron los primeros en sufrir el espantoso contacto con los europeos, quienes tomaron de ellos muchos nombres como ‘canoa’, ‘huracán’, ‘caníbal’, ‘caribe’, etc. El idioma nahuatl de los aztecas, lengua cultísima con una poesía magnífica, el quechua, el guaraní, el mapuche, etc, fueron otras lenguas que depositaron no poco de ellas en el español. Algunas de las mejores palabras del español, como ‘papa’, ‘petaca’, la espectacular ‘chocolate’, o la genial ‘cancha’, tienen esta procedencia.